Prólogo de “Trastorno del Espectro del Amor”…

PRÓLOGO

(Lucía)

23 de noviembre de 2018

—Ya es oficial —nos anuncia Juan, el abogado, poniéndose en pie—. Estáis divorciados.

Hay momentos que son tan cruciales que durante unos segundos escasos acuden a tu cerebro etapas de tu vida en una rápida sucesión de imágenes. Pues en este momento, la sucesión de imágenes que vuela a mi mente es de los últimos dos años de mi matrimonio. Discusiones, gritos, reproches, muchas lágrimas… Los peores dos años de mi vida.

Dolor. Solo recuerdo dolor.

El mismo que me perfora el estómago de una forma tan cruel que ni me acuerdo de cómo y por qué empezó todo esto.

¿Cómo es posible que de diez años que ha durado nuestra relación, solo recuerde los últimos dos, lo único malo? ¿Dónde están los ocho anteriores? ¿Dónde están los buenos momentos? Una vez escuché que la línea que separa el amor del desamor es tan fina y frágil que se rompe sin que te des cuenta.

No. No me lo creo. Eso es mentira. ¡Le amo con toda mi alma!

—Tengo que hacer una cosa antes de recoger a Julia de la guarde, así que me voy ya —explica Tiago, sin ni siquiera mirarme; y que no me mire me provoca un nudo tan fuerte en el pecho que durante unos segundos me asfixio, aunque procuro no demostrarlo—. Nos vemos el domingo por la tarde, te avisaré cuando salgamos del pueblo —le estrecha la mano al abogado—. Gracias por todo, Juan —y se marcha.

Entonces, me derrumbo en la silla, escondo la cara en las manos y estallo en llanto. No es posible que mi cuerpo guarde más lágrimas, pero me equivoco, porque de mis ojos, que me escuecen tanto que me arden, emanan dos cataratas.

Noto la mano de Juan en mi hombro, intentando reconfortarme, pero lo que logra es que llore ahora de manera histérica. Me muerdo el puño para intentar que el dolor se desvanezca, pero es insoportable. Hoy más que nunca. Ahora más que nunca, porque ya es un hecho: estamos divorciados.

Si hace dos años y medio alguien me hubiera dicho que hoy estaría divorciada de Tiago, hubiera tomado a ese alguien por loco. ¿Nosotros? ¿Tiago y yo?, ¿con todo lo que hemos luchado para estar juntos?, ¿con todo lo que nos queremos?

Pero ese ya no es Tiago, el amor de mi vida. Ahora es Santiago, mi exmarido y el padre de mi hija, Julia, que disfruta de ella un fin de semana completo cada quince días y un par de horas por las tardes desde hace seis meses, desde que nos separamos.

Lydia aún está alucinada de lo bien que hemos llevado el divorcio. No hubo necesidad de pensar nada, salvo en el bienestar de Julia. Está muy apegada a su padre y Tiago puede tener muchos defectos, pero es el mejor padre del mundo, así que enseguida nos pusimos de acuerdo. Sé que a él le ha costado asimilar esta decisión, más que nada porque siempre ha sido él quien le ha leído un cuento a Julia antes de dormir y quien se ha ocupado de ella cuando se despertaba por las noches porque estuviera enferma o por alguna pesadilla.

Desde hace seis meses, soy yo quien la consuela de noche, o lo intento… Desde hace seis meses, Julia se despierta todas noches llamando a su “Apa”. Desde hace seis meses, dormimos juntas, soñando que nuestro Tiago solo está trabajando y llegará tarde a casa.

Y nunca quiero despertarme de ese sueño tan bonito en el que espero que él entre por la puerta con su sonrisa, bese a la niña en la cabeza, mordiéndose al instante el labio porque la estrujaría en ese momento de lo mucho que la adora, y me bese a mí en la boca acariciándome el lateral de la pierna.

Y me rompo por completo al recordar que anoche soñé que él se quedaba a bañar a la niña, que le daba de cenar, que le leía un cuento y que la dormía.

Anoche soñé que, cuando cerró la puerta de la habitación de Julia, quietos los dos en el pasillo, me miró como hacía más de dos años que no me miraba…

Anoche soñé que esa mirada abrazaba mi corazón y hormigueaba mi piel con tal poder que me derrumbaba y, frente a él, cubriéndome la cara con las manos, explotaba en un llanto silencioso que no pude contener… 

Anoche soñé que Tiago me estrechaba entre sus brazos y lloraba conmigo, también en silencio… 

Anoche soñé que nos volvíamos a mirar, sin apartarnos el uno del otro, y que la distancia entre nuestros labios desaparecía hasta que, por fin, tras seis meses separados, volvíamos a respirar…

Anoche…

No fue un sueño.

¿O sí?

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